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Vocalista, bajista, multiinstrumentista y compositor diferente, Richard Bona nació el 28 de octubre de 1967 -está a punto de cumplir 49- en Minta, pequeño poblado de Camerún central. A los cuatro años, estimulado por su madre y su abuelo, ya tocaba un balafón con grandes teclas de madera que se golpean con dos baquetas y resonadores de calabaza, oriundo de África.

De niño, Richard ya actuaba en la iglesia de Minta. Con once se trasladó con su papá a Douala, la mayor ciudad camerunesa, en el oeste del país, a orillas del golfo de Guinea, en el océano Atlántico, a ambas orillas de la desembocadura del río Wouri. Su padre murió en 1985 y, con veintidós años, partió hacia París en 1989, donde tocó con Manu Dibango, Didier Lockwood, Marc Fosset, André Ceccarelli, el cantante de Malí Salif Keita y Joe Zawinul, tecadlista de jazz y compositor austríaco. En 1995, animado por el guitarrista Mike Stern, voló a Nueva York, donde aún reside.

A la capital francesa y a Nueva York marchó sin papeles, de modo que fue un “ilegal”, situación con la que bromea diciendo que, donde quiera que vaya, su documento es el bajo. Hoy tiene ciudadanía estadounidense. “Cuando me fui a América, dije a mi hermano que volvería en un par de semanas… Estuve una larga temporada indocumentado, sin dinero, se me acababa la visa, pero igual me contrataban”, recuerda Bona.

La situación se asentó cuando Harry Belafonte lo eligió director musical de su gira europea de 1998. Desde entonces ha publicado diez discos y colaborado con una interminable lista de luminarias como Stern, Chick Corea, Bobby McFerrin, Branford Marsalis, Pat Metheny Group (2002-2005), Michael Brecker, Paul Simon, Tito Puente, Eddie Palmieri, el cubano Chucho Valdés, Larry Coryell, Joni Mitchell, Herbie Hancock, Billy Cobham… Las letras de sus canciones, que interpreta en dwala, su lengua natal perteneciente a la familia de las bantúes, aunque también lo hace en francés, portugués e inglés, narran sus propias experiencias con amplitud universal.

P: ¿Cuales fueron tus comienzos?

R: Yo crecí musicalmente con mi abuelo… En cada cosa que él tocaba, contaba una historia. No teníamos archivos musicales en África, tampoco referencia instrumental, simplemente tocábamos y la historia la contábamos con música. Si tuviera que denominarme de alguna manera, diría que soy un guardador moderno de historias. Al viajar por el mundo entero, lo más importante es aprender de las personas que son distintas a mí… Las diferencias no importan cuando la música es buena.

Antes usaba otros instrumentos, órgano en la iglesia, guitarra, percusión. Puedo hacer muchas cosas con ellos que no con el bajo, con el que empecé más tarde. El primero que toqué, fue un balafón que me había construido mi abuelo, y ya no lo tengo, se puso viejo. Ojalá lo hubiera conservado, pero tengo otros. Yo le solía decir que iba a ser el mejor músico del mundo (ríe Bona). De niño no piensas, simplemente quieres divertirte, no tienes la mente de un adulto, claro, y no te preocupas por tocar, tocas. Es un concepto que quiero mantener…

P: La gente en África tiene una relación distinta con la música, que en otras partes del mundo.

R: Sí, cuando era chico, estaba siempre presente, nada podía hacer sin ella. Había música en un nacimiento, en un bautismo o cuando alguien moría, en casamientos… En Europa, no aparece necesariamente en la iglesia por cuestiones de recogimiento, pero en mi pueblo, por ejemplo, la gente allí baila.

La música es como un lenguaje y por eso las personas tocan como hablan. Entonces hay cuestiones que vienen de un modo natural, como mi habilidad de tocar hoy cualquier género, y también de aprender con otros músicos en encuentros y colaborando con sus proyectos. Aprovecho todas esas experiencias y al juntarlas con mis raíces, eso se transforma en Richard Bona. El aprendizaje continúa, la música también… Lo bueno es que nadie puede ponerle reglas para decir que algo está equivocado, o sea que no hay errores. La música es como una escuela de la vida, cuanto más aprendes, descubres que menos sabes…Para mí, cada trabajo es un aprendizaje, trato de buscar cosas, de encontrarlas y volverlas a hallar, esa es mi actitud con la música. Cuando estudiaba, tenía muy en cuenta tal idea. Simplemente reencuentro formas, las mezclo y las vuelvo a encontrar, a reconocer. Pero siempre se escuchan mis raíces y yo aprendo de la gente más personal. La música refleja la manera de vivir de cada uno. El que abraza muchas culturas en la vida, se convierte en alguien muy culto y también muy tolerante.

P: ¿Cómo elegís los instrumentos?

R: Elegir un instrumento tiene que ver con las circunstancias de la vida, generalmente es por accidente… Los primeros son del lugar donde nací. Me enamoré del bajo cuando escuché por primera vez a Jaco Pastorius, tú sabes, hasta entonces tocaba guitarra y el bajo no me gustaba. Ahora es como mi guitarra.

P: ¿Cómo componés?

R: Componer no es difícil, toco tantos instrumentos que simplemente compongo, puedo hacerlo. Que surja la música no es complicado, puedo tanto improvisar como componer siguiendo mis habilidades. Ahora, en un disco, encontrar diez o veinte temas que juntos le den sentido y construyan el álbum, es la parte más dificultosa… Siempre me pregunto qué camino seguir en una grabación, es lo más complejo para mí. Y cuando lo encuentro, viendo que en la música actual no se tocan instrumentos reales, con tanta música electrónica y fusión, ¿por qué no regresar a lo acústico?

La esencia está en el vivo. No hay que dejarse engañar, nueve de cada diez grandes bandas, las principales estrellas de hoy graban y suelen tocar sobre pistas, una dirección muy extraña, pero para ser un gran músico hay que interpretar en directo. Cada vez que escucho la radio, todo es tan electrónico… Y esa tecnología, cuando la llevan al escenario, se muestra como una gran mentira. En estos conciertos, la gran mayoría de las veces suena playback y pregrabados. Así que decidí hacer lo opuesto a las tendencias y las modas actuales, un compacto acústico, real y humano. No armando archivos en una computadora, ni evitando los errores.

P: Cuando tocas o cantas, tus ojos vuelan. ¿Tu mente también? ¿Podrías explicar ese estado?

R: Yo veo colores cuando toco. Un acorde menor o uno mayor es un color completamente diferente. La música en mí y en mi mente, me muestra un arcoíris de colores cuando nosotros tocamos.

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