Art Blakey and The Jazz Messengers: Moanin’ (1958, Blue Note)

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El 30 de octubre de 1958, en los estudios de Rudy Van Gelder en Hackenshack, New Jersey, el productor Alfred Lion reunió a Art Blakey y sus mensajeros del Jazz (Lee Morgan a la trompeta, Benny Golson al saxo tenor, Bobby Timmons al piano y Jymie Merritt al bajo) para grabar Moanin’, uno de mis álbumes preferidos y que hoy quiero compartir con vosotros.

Alfred Lion había fundado en 1939 junto con Max Margulis el sello discográfico Blue Note Records, famoso no sólo por haber impulsado el Jazz moderno con músicos de la talla de Thelonious Monk, sino por la excelencia de sus grabaciones a cargo de su ingeniero de sonido Rudy Van Gelder o de las potentes fotografías de Francis Wolf que ilustraban las portadas de sus elepés.

Hoy en día podemos seguir disfrutando de esa maravillosa música, tanto en vinilo como en excelentes reediciones en CD, y disfrutar de las extraordinarias tomas de sonido de Rudy Van Gelder, que era un mago colocando los micrófonos, regulando los niveles y mezclando el resultado.

Muchas de esas sesiones de grabación fueron fotografiadas por Francis Wolf y algunas son ya imágenes icónicas que han sido recogidas en un libro que se titula The Blue Note Years: The Jazz Photography of Francis Wolff, publicado por Rizzoli y que es un regalo perfecto para un aficionado al género.

Según le contaba Benny Golson en una entrevista de 1998 a Marc Myers de JazzWax, Art Blakey y Alfred Lion no se llevaban muy bien por aquel entonces, pero Benny le convenció para que fuera a verles actuar al mítico Five Spot de Brooklyn, tras lo cual solo pudo decir ¿cuándo grabamos?

Y de allí surgió este álbum increíble titulado Moanin’, que abre con el tema Moanin’ y cierra con una toma alternativa de Moanin’. Y es que Moanin’, composición original de Bobby Timmons que ya comentáramos por aquí en su álbum This Is Bobby Timmons, es el protagonista de esta grabación, pero tendremos que hablar también del resto de temas, pues están también a un nivel muy alto.

No me extraña que Art Blakey se quedase enamorado de la composición de Timmons, y me imagino al propio Timmons cuando creó esa secuencia de diez notas, una melodía contagiosa que es como una puerta que se abre, sentiría algo muy especial, sabiendo que aquello era algo grande.

Pero si la versión de Moanin’ de Bobby Timmons era grande, la versión que consigue el quinteto de Art Blakey la lleva un paso más allá y la convierte en algo mucho más grande gracias al trabajo en equipo. Timmons comienza con su melodía inconfundible, con Morgan y Golson alzándose como dos coristas exquisitos con su trompeta y su saxo, con Blakey y Merritt llevando el ritmo perfectamente, acompañando los solos de Morgan – que me parece el mejor – y de Golson, que a ratos se muestra hasta furioso. Timmons tiene un magnífico solo también con una profunda carga de blues, algo que combina muy bien en este tema largo, nueve minutos y medio de auténtico placer.

Seguimos con Are You Real?, de nuevo Morgan y Golson mandando a dúo en una melodía pegadiza, compuesta por el propio Golson, que interpretan todos con brío y garra en general, pero con mucho espacio para que cada uno brille con luz propia.

Along Came Betty es una deliciosa balada que sigue la misma fórmula de entrada a dúo con los vientos, con Blakey y Merritt marcando un tempo mucho más relajado, y con Timmons dejando caer sus notas suavemente. Morgan está simplemente increíble en su solo a partir de 1′ 14″, uno de mis preferidos junto a su versión de I Remember Clifford en su Volumen 3. En 2′ 30″ le toma el relevo Golson con su saxo tenor, más carnoso y con más cuerpo. Está muy bien también, pero en mi cabeza siguen sonando las notas de Morgan… ¡me encanta Lee Morgan!

Pero ellos son los Jazz Messengers, la banda de Art Blakey, y en el siguiente tema quien lleva el peso es el propio Art, que se marca un arranque con un solo de batería que te deja con la boca completamente abierta. The Drum Thunder Suite es una sucesión de solos de batería impresionantes con pequeñas intervenciones de Morgan y Golson acompañando a un Blakey poseído por sus baquetas. No hay vez que lo escuche que no termine con la piel de gallina, emocionado imaginando la escena. El tema, composición original de Blakey es realmente un medley de varios temas, una suite como la titularon en la que se mezclan Drum Thunder, Cry a Blue Tear y Harlem’s Disciples, una clara muestra de que estamos delante no solo de intérpretes, sino de auténticos músicos.

Con Blues March te puedes sentir en medio del campo de batalla, con su comienzo al estilo de marcha militar, seguido de nuevo por otra melodía contagiosa – ¿cuántas van ya? -, salida en este caso de la cabeza de Golson y que una vez más, Morgan aprovecha para sacar todo lo que lleva en su interior. Las transiciones entre solos son nuevamente una marcha militar, con las baquetas de Blakey sin parar.

Come Rain or Come Shine, el clásico de Harold Arlen y Johnny Mercer es el único standard del álbum y lo interpretan usando de nuevo la fórmula de la entrada a dúo de Morgan y Golson, con un tempo a medio camino entre la balada y algo más pues Golson aquí también se muestra con un punto de rabia. Morgan está mucho más comedido y controlado, en este tema y en general en toda la sesión.

Y cerramos la sesión con una toma alternativa de Moanin’, que a veces pienso que debiera haber sido la principal, muy, muy buena también.

No lo he comentado, pero el álbum comienza con un apunte de lujo, un pequeño diálogo entre Rudy Van Gelder y Lee Morgan hablando sobre dónde colocarse. Well, I’ll step back a little bit, le dice Lee Morgan, y menos mal, si se llega a colocar más cerca, nos come con su presencia.

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Art Blakey

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Su carrera, densa y fructífera, parecía tener como único objetivo divulgar y hacer accesible la música que amaba. Tocaba la batería con tanta facilidad que aun podía sonreír y hacer continuas muecas al público, que, inmediatamente, quedaba atrapado por su carismática personalidad.Nació en Pittsburg (Pensilvania, Estados Unidos), y la leyenda le atribuye unos comienzos profesionales como minero y, más tarde, como metalúrgico. Tras unos breves estudios de piano, en 1940, a la edad de 21 años, empuñó las baquetas para no soltarlas ya nunca: pasó pacientemente sus años de formación en orquestas como las de Fletcher Henderson o Mary Lou Williams, en las que eran muy escasas las posibilidades de destacar, pero algo debió ver en él Billy Eckstine para brindarle la oportunidad de unirse a su banda, en la que estaba formando un núcleo de músicos disconformes con la estética imperante por entonces. Allí estaban Dizzy Gillespie, Miles Davis, Charlie Parker y Dexter Gordon, entre otros. Junto a ellos empezó a moldear un nuevo lenguaje que, a contracorriente, comenzó a ganar adeptos; se llamaba bebop, y, no contento con compartirlo, apretó un poco más la tuerca y propició, con la ayuda de Horace Silver, un pianista que comprendía y apreciaba sus ideas, una variante alegre y cálida que, enseguida, se hizo hueco entre los aficionados a los nuevos sonidos.

Labor de difusión

Desde 1955 Blakey dirigió grupos propios a los que siempre llamó Jazz Messengers (Mensajeros del Jazz). Ningún afán de protagonismo se desprende de este nombre, porque él siempre entendió que la labor de difusión del jazz era una tarea colectiva. La recompensa pronto le vino en forma de jóvenes músicos que se acercaban a él con la esperanza de encontrar el consejo que les situase en el camino correcto.

Blakey nunca regateó las palabras de aliento y sus habilidades como pedagogo convirtieron los Jazz Messengers en una escuela ambulante, porque Blakey siempre fue partidario de las clases prácticas, e, incluso, se valía de su religiosidad para infundir la fe en la música. Es famosa la arenga que lanzaba. a sus músicos en los momentos previos a cualquir concierto o grabación: “Dios os brinda otra oportunidad de purificaron por los errores cometidos la vez anterior. Aprovechadla”.

A buen seguro que esta frase permanece en la memoria de músicos que hoy han alcanzado reconocimiento gracias a él y que son multitud. Wayne Shorter, Keith Jarrett y Winton Marsalis, por citar solamente a músicos en activo, han pertenecido a su grupo, y todos, sin excepción, han reconocido su deuda para con Blakey.

Instinto milagroso

En España ha habido ocasión de ver a Art Blakey en muchas ocasiones, y nunca defraudó. Siempre venía con los mejores músicos, a los que parecía distinguir casi con sólo núrarlos. Su instinto para elegir a los intérpretes adecuados era milagroso.

Cada edición de su grupo parecía mejor que la anterior, y él mismo, cada vez más joven y optimista. En un concierto en el desaparecido Club Balboa Jazz de repente falló la amplificación, y lo que parecía un inconveniente se convirtió en ventaja, porque así se pudo escuchar la música tal y como se producía. Art Blakey se amoldó perfectamente a la situación modificando la potencia de sus golpes como si aquello fuera lo más natural del mundo. En él todo parecía natural menos la muerte.

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OTRA BIO DE ESTE GRAN MUSICO

“No tengo tiempo para celebrar mis cumpleaños, no son importantes para mí porque toda mi vida lo he pasado tan bien”, decía Blakey al cumplir 60 años en 1979, el año en que aprendió a nadar. Anécdota que ilustra el vigor y empuje que Art Blakey tuvo y le dió durante toda su carrera a la difusión del jazz. En el jazz, el baterista es el que proporciona los latidos del corazón y Blakey tuvo el más grande de todos. Articuló sus creencias en 1954 en su LP “A Night in Birdland”, grabado en vivo en el famoso club de Nueva York, cuando declaró a los 34 años “me quedaré con este grupo de músicos jóvenes y cuando ellos se pongan viejos, me conseguiré reemplazantes más jóvenes”. Los jóvenes de ese año eran nada menos que Clifford Brown, Lou Donaldson y Horace Silver.

Blakey nació en Pittsburgh el 11 de octubre de 1919. Aprendió a tocar el piano en el colegio, y ya a los 14 años trabajaba como músico profesional. Poco después, según Blakey, fue obligado a cambiar de instrumento por un gángster, dueño del lugar donde tocaba con su banda. Una tarde apareció un joven pianista cuyo estilo le agradó más al gángster y le sugirió a Blakey cambiar el piano por la batería, consejo al que sabiamente el talentoso Blakey accedió. El pianista era Erroll Garner.

La técnica de Art Blakey era asombrosa. Con gran poder y originalidad creaba sonidos obscuros con sus platos, los que puntualizaba con frecuentes acentos de alto volumen en la caja y el bombo. El estilo de Blakey era de tocar fuerte y de dominar, pero siempre escuchando y respondiendo a los impulsos de los solistas con fuerza, delicadeza y alma – todo mezclado en un estilo que es imposible de confundir con el de otro baterista. Un músico describió el pulso rítmico de Blakey como el de una orquesta sinfónica acompañando al solista.

Después de algunos años en los que fue baterista de importantes músicos y líderes como Mary Lou Williams y Fletcher Henderson, de 1944 al 47 fue miembro de la banda del cantante Billy Ecsktine. Durante esos años se asoció al bebop, un movimiento de jazz moderno, junto a otros músicos de la banda, como Miles Davis, Dexter Gordon, Fats Navarro, Kenny Dorham, Gene Ammons y Charlie Parker. Después de que Eckstein disolviera su banda, Blakey viajó en 1948 al Africa, donde vivió por más de un año. “No fui al Africa a estudiar tambores como se ha dicho, fui porque no conseguía trabajo … hasta tuve que trabajar en el barco para pagar el pasaje”. Aunque siempre le restó importancia a la influencia africana en el jazz, Blakey usó elementos africanos, como tocar en el casco de los tambores y empujar los parches con el codo para cambiar el tono de los tambores.

Sin embargo, la verdadera historia de Art Blakey es la de los Jazz Messengers. Originalmente, la banda comenzó en 1949 como los Seventeen Messengers, con 17 músicos, y a ella pertenecieron el saxofonista Sonny Rollins y el pianista Bud Powell. Aunque musicalmente tuvo gran éxito, falló en la parte económica y se disolvió poco tiempo después. Algunos años más tarde, Blakey fue contratado junto al pianista Horace Silver para tocar una temporada en el club de jazz Birdland, donde nacieron los Jazz Messengers, co-liderados en sus comienzos por Blakey y Silver. Algunos meses después, Blakey tomó las riendas de líder permanente de los Jazz Messengers. Los Messengers se convirtieron rápidamente en la banda prototipo del hard bop, un estilo que Blakey ayudó a impulsar y que incorporaba los elementos de más sensibilidad del jazz [soul], con agresivas y dinámicas versiones de temas del bebop. La contribución de Blakey al jazz fue la de descubrir y moldear talento durante más de tres décadas. Sus Messengers se renovaban constantemente. Blakey nunca despidió a un músico, los músicos sabían cuando había llegado el momento de partir.

La lista de músicos descubiertos por Art Blakey que tocaron con los Jazz Messengers es tan asombrosa como interminable. Entre los músicos que figuran como ex-alumnos de la “Universidad de Art Blakey” y que llegaron a ser grandes solistas y líderes se encuentran: Donald Byrd, Johnny Griffin, Lee Morgan, Wayne Shorter, Freddie Hubbard, Keith Jarrett, Chuck Mangione, Woody Shaw, JoAnne Brackeen, Wynton y Branford Marsalis, Curtis Fuller, Benny Golson, Bobby Watson, Wallace Roney, Cedar Walton, Hank Mobley, Jackie McLean, Javon Jackson, Brian Lynch, Geoff Keezer, James Williams, Mulgrew Miller, Terrence Blanchard, Donald Harrison, etc., etc., etc.

En 1958, a pesar de que los Messengers gozaban de gran fama y habían grabado gran cantidad de discos y tocado en giras por Europa y el Japón, Blakey encontraba que les faltaba consistencia y que, a pesar de las frecuentes actuaciones, el grupo no ganaba suficiente dinero para subsistir cómodamente. Blakey solicitó ayuda al joven saxofonista y compositor Benny Golson. Este recomendó que contratara a un grupo diferente de músicos, que actualizara su repertorio y que exigiera sueldos más elevados. Golson trajo a un grupo de jóvenes de Filadelfia con Lee Morgan en trompeta, Bobby Timmons en piano y Jymmie Merrit en bajo; sin duda uno de los conjuntos más exitosos de los Messengers. Golson además convenció a Blakey que necesitaba un tema novedoso para renovar la imagen de los Messengers insistiendo que debía explotar su gran técnica: una marcha. En los ensayos del nuevo repertorio, Blakey decía que se sentía como boy-scout al tocar “Blues March”. Sin embargo, tal como Golson lo predijo, los Messengers volvieron a su apogeo y Blues March resultó ser una de las composiciones que los identificó por años.

Blakey nunca perdía una oportunidad de promover el jazz. En una ocasión en que viajaba con los Messengers a un concierto, en un área rural observó que en un cementerio comenzaba un funeral. Blakey decidió tomar parte y observó la ceremonia a una distancia respetuosa. Al finalizar, el pastor preguntó si alguno de los presentes quería hablar. Como nadie lo hizo, Blakey se dirigió a los amigos del difunto diciendo: “Ya que nadie quiere hablar, me gustaría decir algunas palabras acerca del jazz…”.

Su carrera tuvo altos y bajos. En la década de los 70 el hard bop quedó en segundo plano, dando paso a la fusión y la música disco. Sin embargo Blakey no abandonó al jazz y continuó con sus Jazz Messengers y su música basada en los blues, tocando con un swing sin misericordia. En 1980, con un nuevo grupo de jóvenes y los hermanos Marsalis a bordo, aprovechando un cambio en los gustos del público, los Messengers volvieron a su lugar de prestigio en el jazz, el que duró hasta la muerte de Art Blakey en Nueva York el 16 de octubre de 1990.

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Johnny Ace

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Johnny Ace reunía todos los componentes de la fórmula equilibrada: nacido en Memphis (1929), la ciudad donde el viento sabe cantar baladas; hijo de predicador baptista y, por obligación filial, con la garganta educada en los coros dominicales; bien dotado intérprete de piano; con facilidad para componer melodías suaves pero intensas.

La época también era la oportuna: la primera mitad de los años cincuenta, cuando los músicos negros del sur de los EE UU cautivaron por primera vez a los jóvenes blancos con canciones de resbaladiza lascivia y melodías que parecían descender desde las estrellas de un cielo nocturno de verano.

A Ace no le iba nada mal. Ganaba un buen dinero tocando como asalariado en el grupo de BB King y daba salida a sus dotes como compositor grabando para una de las discográficas independientes con más empuje, Duke. Entre 1952 y 1954 encadenó singles que se vendieron con facilidad de canciones de amor en clave urbana. Eran fáciles, pegadizas y contenían la siempre latente promesa de noches románticas a la luz de la luna. Johnny y su voz templada eran objetos de adoración entre los adolescentes.

Cross My Heart, The Clock, Please Forgive Me y Never Let Me Go le convirtieron en residente habitual de las listas de éxitos. Empezó a ganar dinero y a dar conciertos. Solía in en tándem con la gran Big Mama Thornton, la mujer que inspiró a Elvis Presley.

El 24 de diciembre de 1954 los contrataron para un concierto especial de Navidad en el City Auditorium de Houston-Texas. Ace estaba pletórico: tras la actuación regresaba a Memphis para unas semanas de descanso. Una hora antes del show compró al contado un Oldsmobile para llegar a casa en el coche flamante que merecía un triunfador.

Sobre lo que sucedió en el local no hay unanimidad. Según Thornton, Ace no había dejado de beber whisky desde hacía horas y estaba muy borracho. Según otras fuentes, desde mucho antes la tragedia rondaba al músico, que tenía 25 años y no había podido digerir la fama sin perder la cordura en el camino: llevaba siempre encima un revólver y le gustaba jugar a la ruleta rusa con una bala en el tambor.

Entre bastidores y antes del concierto, Ace se pavoneó con el arma, apuntando a algunos invitados. Le dijeron, espantados, que dejara de hacer el idiota, pero insistió en la temeridad sin que nadie lo evitara.

“Sé dónde está la bala. No hay peligro”, dijo antes de llevarse el cañón a la sien. El disparo fue mortal.

Al entierro asistieron varios miles de personas. Los discos póstumos de Johnny Ace, sobre todo la balada Pledging My Love, se vendieron como pan caliente.

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Alan Lomax

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El folclorista Alan Lomax (1915-2002) dedicó su carrera a documentar las tradiciones de música popular de todo el mundo. Ahora miles de canciones y las entrevistas que grabó están disponibles gratuitamente en internet, muchos de ellos por primera vez.

Lomax grabó una cantidad asombrosa de música popular de todos los rincones del planeta. Trabajó desde 1930 hasta la década de los 90, y viajó desde el sur profundo de las montañas de Virginia Occidental a Europa, el Caribe y Asia.

Se trata del mayor archivo planetario de música popular, clasificado exhaustivamente por estilos, áreas geográficas, tipologías y fechas. Una joya sin parangón. El archivo recoge también varias muestras de música popular española de Andalucía, Aragón, Asturias, Cantabria, Castilla y León, Castilla-La Mancha, Cataluña, Extremadura, Galicia, Islas Baleares, Madrid, Murcia, País Vasco, Valencia y otros lugares no especificados en la clasificación.

Don Fleming, director ejecutivo de la Asociación Cultural Equity, la organización sin ánimo de lucro fundada Lomax en Nueva York en los años 80 y un pequeño equipo formado en su mayoría por voluntarios han digitalizado unas 17.000 grabaciones.

«Por primera vez, todo lo que tenemos digitalizado está en nuestro sitio web», ha declarado Fleming a NPR. «Cada toma, las falsas, entrevistas, música»… «Alan se habría emocionado», asegura Anna Lomax Wood, hija de Alan y presidenta de la Asociación.

A lo largo de su carrera, Lomax utilizaba la última tecnología para grabar la música popular en el campo y luego compartirlo. Lomax escribió y organizó programas de radio y televisión, y pasó los últimos 20 años de su carrera experimentando con ordenadores para crear lo que llamaba la máquina de discos global. Tenía grandes planes para el proyecto. En una entrevista de 1991 con la CBS, dijo, «El ordenador moderno posibilita preservar y revitalizar toda la riqueza cultural de la humanidad.». Lomax se vio obligado a dejar de trabajar cuando su salud empeoró en los años 90, y dejó la máquina de discos global sin terminar. El archivo palía con creces la detención de aquel impresionante proyecto.

AQUI EL ARCHIVO

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Lisa Simone

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Londres.

Rara vez es fácil, si uno es producto de un padre voluble, establecer su propia identidad en la vida, aun si hasta cierto punto uno es una rama del viejo árbol. Lisa Simone lo sabe muy bien. Ha vivido con su madre, Nina Simone, la mayor parte de sus 53 años.

Prefiero llamarla su sombra, dice su hija, sonriendo con serenidad.

Sin embargo, la sombra amenaza continuamente con consumirla. Una nueva cinta biográfica sobre su madre, titulada Nina, que se estrena el mes próximo, ha recibido críticas porque está llena de errores de hecho. El proyecto fue fallido desde el principio, declaró Lisa Simone recientemente a la revista Time. Está claro que no es la verdad sobre la vida de mi madre. No es así como uno quiere que se recuerde a sus seres queridos.

Como su madre, Lisa es cantante de jazz y blues, y lo ha sido durante toda su edad adulta. Pero fue apenas en 2014 cuando presentó su primer álbum, All Is Well, Now comes My World (Todo está bien, ahora viene mi mundo).

Así es la vida

Si por mí hubiera sido, dice, usted y yo hubiéramos tenido esta conversación hace mucho tiempo, o ya estaría en mi décimo álbum. Pero la vida es la vida, ¿verdad?

Nos reunimos en Boisdale, un lugar de jazz en el corazón de Canary Wharf, en Londres. Está aquí para una presentación de tres noches, y ha viajado durante la noche desde su hogar, en el sur de Francia. Mudarse de Estados Unidos a Francia hace dos años fue necesario, dice.

Tuve una epifanía una noche, recuerda. Llevaba tiempo tratando de consolidar una carrera musical en Estados Unidos, pero le dijeron que era demasiado vieja. Entonces vino a Europa, presentó shows para públicos receptivos en París, y luego buscó la vieja casa de su madre en un pequeño poblado a las afueras de Marsella. La sentí como mi hogar, y supe que tenía que quedarme, afirma.

Simone tiene la expresión radiante de quien ha sido empujado al borde antes de lograr retroceder sujetándose con uñas y dientes.

¿Que si he estado enojada en mi tiempo?, inquiere de pronto. ¿Ha visto la película sobre mi madre?

Se refiere a What Happened, Miss Simone? (¿Qué pasó, señorita Simone?), cautivador documental que ella coprodujo acerca de la turbulenta vida de su madre: el abusivo matrimonio con el ex policía Andrew Stroud; su participación cada vez más vehemente en el movimiento de derechos civiles, y su depresión y trastorno bipolar, que durante mucho tiempo no le fueron diagnosticados. Era una mujer difícil, tan furiosa con el mundo que necesitaba alguien con quien desquitarse. Y a menudo ese alguien era Lisa.

Claro que he estado enojada, admite Lisa ahora. Soy la hija de Nina Simone; provengo de ella. Por eso he tenido tanto trabajo que hacer.

Al explicar cómo su nuevo álbum le trajo la satisfacción personal que tanto necesitaba, expresa: “Somos todos uno en el mundo, y tenemos tantas cosas profundas que nos unen, mucho más que las que nos dividen. Por eso he escrito algunas canciones sobre la experiencia humana.

Hace veintitantos años, cuando decidí que quería ganarme la vida con esto, mi madre preguntó: ¿por qué? Entonces pedí a Dios que me ayudara a inspirar amor y positivismo en otros desde el escenario, con ejemplos de mi propia vida. Tenía 28 años, y no me daba cuenta de lo que estaba diciendo.

Claridad y ruptura

Ahora, asegura, sí se da cuenta. Es importante, creo, llegar de un lugar de claridad, ¿no cree usted?

Lisa Simone nació en 1962 y, hasta la separación de sus padres, creció en Nueva York. Después de la ruptura dividió su tiempo entre su madre y su padre y asistió a una serie de internados. Quería ser abogada, pero terminó de ingeniera civil en la fuerza aérea estadunidense, prestando servicio en Estados Unidos, Corea del Sur y Alemania.

Pero el anhelo de cantar –al margen de las opiniones de su madre al respecto– nunca la dejó. A los 28 años volvió a Estados Unidos y encontró empleo, primero de cantante de respaldo y luego en musicales de Broadway. “No creo que ser ‘la hija de’ se haya interpuesto en mi camino ni tampoco creí necesitarlo para abrir puertas, porque siempre creí en mí misma. Llámelo ingenuidad o arrogancia, pero nunca imaginé que me llevaría tanto tiempo.”

Ese hecho sin duda le duele. Durante años ha practicado una meditación budista llamada las tres puertas de la liberación, y dedica mucho de su tiempo a ella. Dice que la ha ayudado a enfrentar la miríada de dificultades en su vida, entre ellas sus propios problemas como madre. Simone tiene cuatro hijos (incluso un hijastro) de entre 16 y 33 años de edad. Si bien tiene un fuerte vínculo con su hija de 16 años, las relaciones con sus otros hijos, en especial el mayor, Joe, han sido problemáticas.

Por mucho que intentara hacer diferentes elecciones con él, siempre llegamos al mismo lugar al que llegaba con mi madre, señala, frunciendo el ceño. ¿Cómo ocurrió eso? No era lo que quería. Traté de hacer elecciones, estaba consciente. Y sin embargo… Aquí estamos todavía separados, todavía con mucho dolor entre nosotros.

Recuerda que hace dos años Joe, entonces de 31, le dijo que la odiaba. Lisa estaba inmersa en la meditación en ese tiempo; la ayudó a enfrentar el exabrupto y superarlo. Uno no se enoja si no hay amor, ¿cierto?

Profundo dolor

Al parecer sigue experimentando dolor en la familia. Después de apenas un año de internado en Francia, su hija la llamó tóxico, y ella y su padre, el marido de Simone por 20 años, regresaron a Estados Unidos y la dejaron sola en la casa de su madre, con el corazón destrozado.

Y entonces, pregunto, ¿por qué simplemente no vuelve con ellos?

Su sonrisa es paciente, pero denota fastidio. Porque estoy en una etapa de mi vida en la que la ventana no permanecerá abierta para siempre, responde. “Mi hija irá pronto a la universidad, mi marido (que trabaja en negocios internacionales) viaja mucho. No quiero quedarme en casa mirándome el ombligo. Y tampoco quiero seguir enfocándome en el legado de mi madre. Quiero encontrar mi propio lugar.

Durante demasiado tiempo he tratado de navegar el lodazal del agua sucia de mi madre, si quiere verlo así. Ya no. Quiero un capítulo diferente, por favor. Ahora se trata de mí.

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